martes, 12 de julio de 2011

LA MÍSTICA CACHUELA ESPERANZA



“Allí comienza lo desconocido, y después de varias horas de navegación encuentranla desembocadura del río Madre de Dios y prosiguen hasta encontrar el río Dati-Mayu que fue bautizado con el nombre de río Orthon. Allí durmió la expedición después de señalar la zona como barraca para el doctor Vaca Díez. Al día siguiente llegan a lafamosa cachuela que en 1846 describiera el explorador José Agustín Palacios Pinto en su libro Exploraciones y con mucho riesgo de su vida logran pasar por uno de los tumbos más peligrosos. Fue bautizada con el nombre de “Cachuela Esperanza”, porque si pasaban quizá había esperanza de seguir con vida.” Rodolfo Pinto Parada, “Rumbo al Beni”

  Son algo más de cuarenta y tres kilómetros los que se deben recorrer desde Guayaramerín para llegar a la indómita cachuela. En el camino de colores rojizos y suaves declives, seguramente habrá un tranquilo rebaño de hermoso ganado Nelore o Brahma y, por supuesto, el desvencijado pontón de madera para cruzar uno de los incontables ríos de la geografía beniana. El paisaje de bosques altos y tupidos se alterna, de tanto en tanto, con terrenos de pastoreo y algunos humildes caseríos en una de las regiones menos habitadas de nuestra geografía. El sopor del calor y la humedad hacen que el camino se dibuje más lentamente como solitario y delgado hilo en medio de la inmensidad verde. Preámbulo digno para descubrir la extraordinaria historia de Cachuela Esperanza. Riqueza y aventura, con matices de leyenda, e hito inevitable para comprender la importancia del noroeste amazónico de Bolivia en el auge de la goma y el desarrollo del capitalismo mundial a principios del siglo veinte.

La barrera natural
Cachuela Esperanza es, antes que nada, un hermoso obstáculo natural sobre el río Beni. Aquí aparecen inmensas formaciones rocosas que aceleran las corrientes del río produciendo la formación de cataratas o “tumbos” que transforman la navegación en una empresa muy peligrosa, pues existen hasta once metros de diferencia entre la parte superior e inferior de la cachuela. Con una posición geográfica estratégica, Cachuela Esperanza está situada a pocos kilómetros de Villa Bella, donde se encuentran los ríos Beni y Mamoré, ambos afluentes del río Madera, que delimita nuestra frontera con el Brasil y mediante el cual se puede llegar hasta el océano Atlántico navegando por el gigantesco Amazonas.


Algunas crónicas y la memoria de los habitantes de Cachuela nos cuentan que estas tierras fueron habitadas por los Caripuna, una etnia amazónica dedicada a la caza, la pesca y la agricultura, que ocupaba gigantescas chozas denominadas “malocas” donde podían convivir hasta cincuenta familias reunidas. Pueblo de remeros notables, los Caripuna resistieron violentamente la dominación de los colonizadores llegados en la época del auge de la goma. A finales del siglo diecinueve, luego de intensas luchas, estos pobladores decidieron emigrar hacia las cachuelas del río Madera y, con ello, abandonaron para siempre el territorio boliviano.

La historia también recuerda, que desde el inició de nuestra vida republicana los distintos gobiernos del país fomentaron políticas de explotación de los recursos naturales en la Amazonía boliviana, como la mejor forma de integrar estos vastos y lejanos territorios al resto de la nación. En mil ochocientos cuarenta y seis, el explorador José Agustín Palacios descubre las famosas cachuelas del río Beni. Sin embargo, debieron pasar casi cuatro décadas hasta que el doctor Edwin Heat, después de un viaje de exploración por los ríos Madre de Dios y Beni, llegara nuevamente hasta estos parajes, bautizándolos definitivamente como Cachuela Nueva Esperanza. Un par de años después, en base a la información recogida por Heat, el industrial Nicolás Suárez llegó hasta las mágicas cachuelas…


“Al principio don Nicolás Suárez tenía la intención de dedicarse solamente a la compra de goma y venta de mercaderías de ultramar y víveres necesarios para que otros se dediquen a la explotación de los siringales. Años antes, en marzo de 1882, había organizado un viaje desde Reyes llevando toda la goma que había comprado y al llegar a la Cachuela Esperanza, casi naufragado, se entusiasma al ver la posición estratégica del lugar y decide instalarse allí mismo. Construye un camino para evitar la cachuela y durante muchos años explota esta situación ventajosa.”

La ciudadela opulenta
Conocer Cachuela Esperanza es conocer a sus fantasmas. La sensación de historia, aventurera y extraordinaria, es absoluta. Quedan para tus ojos algunas significativas huellas: la iglesia construida sobre una roca, como en las mejores tradiciones cristianas; el teatro -hoy escenario de reuniones comunitarias- y la gran casa del timonel del grupo, Nicolás Suárez, que actualmente alberga la escuela de la comunidad.
En las primeras dos décadas del siglo veinte Cachuela Esperanza era un hervidero.
Los precios de la goma se habían duplicado en esos años y las tensiones bélicas y territoriales derivadas del conflicto del Acre llevaron a Nicolás Suárez a establecer en Cachuela Esperanza un sólido enclave productivo, base de todos los negocios familiares.
A pesar de las condiciones de aislamiento con respecto al resto de la república y los altos costos de transporte para llegar a los mercados internacionales, Cachuela Esperanza comenzó a poblarse de fastuosas residencias construidas por arquitectos franceses y equipadas con muebles venecianos. Proliferaron las canchas de tenis, los jardines y los establos con caballos árabes directamente traídos desde Andalucía. “La ciudadela tenía, además de la iglesia, un colegio, un hotel, un teatro y un hospital que, en 1920, era el más moderno de Latinoamérica, conducido por médicos alemanes especializados en enfermedades tropicales, con un incipiente servicio de psicología y con el primer equipo de rayos X de América Latina, por lo cual atraía a pacientes que llegaban del Brasil, Perú y Colombia.”
Cachuela Esperanza era el centro del complejo industrial de la Casa Suárez y Hermanos.

Desde allí se realizaban todas las transacciones con el continente europeo, mediante sus oficinas propias en Londres. La empresa tenía más de mil ochocientos empleados, que trabajaban en grandes talleres, barracas y oficinas dotadas de energía eléctrica y permanente comunicación telegráfica. No era raro ver contadores ingleses trabajando en la sede central de la empresa y se construyó un pequeño ferrocarril para evitar las cachuelas que atravesaban el río Madera. En los años de mayor expansión económica, la Casa Suárez tenía enormes propiedades cercanas a los cinco millones de hectáreas

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